Al principio apenas notas nada. Respiras un poco menos profundo, toses de vez en cuando o te sientes con falta de aire más rápido.
Pero con el paso del tiempo, las vías respiratorias se obstruyen cada vez más.
Y entonces, los virus y las bacterias tienen vía libre.
Al final, esto puede derivar en bronquitis crónica, neumonía, EPOC, asma, una deficiencia grave de oxígeno en la sangre y, en algunos casos, incluso el fallo casi total del tejido pulmonar.
Por eso no basta con evitar el aire contaminado o utilizar un purificador de aire.
Los aceites esenciales, las pastillas o los tratamientos con oxígeno tampoco solucionan el verdadero problema.
A lo sumo, mitigan temporalmente las molestias, pero no atacan la causa.